jueves, 11 de octubre de 2012

El papel cultural y político del arte contemporáneo en México según Cuauhtémoc Medina


En una entrevista reciente con Mariana Aguirre para Art21Blog, el crítico y curador Cuauhtémoc Medina plantea problemáticamente al arte contemporáneo como un tipo de esfera pública politizada. Según el crítico, la mejora de las instituciones museográficas, el incremento del subsidio del gobierno y la nueva tendencia de la elite de apoyar al arte contemporáneo, le han dado una visibilidad sin precedentes en la sociedad. Los productores de arte contemporáneo, argumenta Medina, son apoyados por el gobierno y por la elite a pesar de que el trabajo de muchos artistas es crítico del sistema social y económico.


Para Medina, el aspecto crítico del arte es precisamente lo que le ha dado mayor visibilidad en el campo social, al haber creado escándalos que dieron lugar a controversias y debates que llegaron a la escena pública. Además, el hecho de que la obra de muchos artistas sea politizada, según Medina, hace que el arte contemporáneo sea relevante como lugar desde el cual definir “lo que debe ser la práctica cultural políticamente informada” (mis cursivas). En la misma entrevista, el crítico y curador indica la diferencia entre las políticas culturales del PRI y del PAN: mientras que el primero reprimía o co-optaba la disidencia al incorporar artistas, escritores e intelectuales a su sistema de favores, el PAN: “no se deshizo de la presión simbólica de los intelectuales”, sino que les permite amplia libertad de expresión. Y ello ha llevado a la paradójica tendencia de que mientras que la cultura “ha dejado de estar inmediatamente involucrada en cuestionar como antes la estructura política”, “el público espera (del arte contemporáneo) que la cultura tenga un papel político importante en la sociedad”.
En otras palabras, para Medina, el arte contemporáneo es “politizado” pero no se trata de una politización que cuestione la estructura política sino la social. Y ya que el arte contemporáneo es politizado, a su modo de ver, la cultura se ha convertido en una práctica política. Con respecto a lo que Medina llama la “práctica cultural políticamente informada” ¿no está Medina reduciendo a la práctica política en el ámbito cultural a informar políticamente al espectador, a la transmisión de opinión de artistas y curadores? Además, la “libertad de expresión” garantizada por el gobierno y aplaudida por la elite y por Medina, sólo aplica al campo cultural: recordemos que México es el país más peligroso para periodistas en todo el mundo, sólo en el último sexenio, se han asesinado a más de ochenta en toda la República.
Los ejemplos de obras de arte que menciona el crítico y curador que han tenido un “papel político” importante en la sociedad, “por haber causado escándalos y controversia en la esfera pública”, son la exposición Cantos cívicos de Miguel Ventura (2008-09) en el MUAC y ¿De qué otra cosa podemos hablar?, la contribución Teresa Margolles al Pabellón mexicano en la Bienal de Venecia (2009). Lo que ambas exposiciones tienen en común es que estuvieron a punto de ser clausuradas; por parte de los directivos del MUAC, en el caso de Ventura, y por parte de la Secretaría de Relaciones Exteriores en el caso de Margolles. Y sin embargo, en ambos casos se llevaron a cabo las exposiciones ya que el menor de los males que encaraban las instituciones involucradas, fue la reacción negativa que pudieron haberle arrancado las exposiciones al público y a sus patrocinadores corporativos y estatales. Es decir, las instituciones temieron más involucrarse en un escándalo de censura en el ámbito cultural a nivel internacional que invocara al fantasma del totalitarismo, que a la reacción del público al trabajo de Ventura (que es altamente politizado por su ambigüedad discursiva) y Margolles (cuya ética de testimonio por procuración es una fórmula que no cesa de repetirse). De esta manera, el aspecto antagónico o contestatario del trabajo de los artistas fue instrumentalizado para dar cuenta de la “salud democrática” del país. Habría que considerar también que la libertad de expresión que la sociedad le confiere al arte contemporáneo es relativa y limitada, ya que Miguel Ventura fue acusado por una de las personas que aparecía en uno de los collages de Cantos cívicos que mostraban a la elite socio-económica, política y del artworld de México de una manera poco halagadora; Ventura perdió la demanda, –en lenguaje jurídico– por “abuso de libertad de expresión”. Éste es un ejemplo claro de la confusión entre Libertad y “libertad de expresión”. En nuestra democracia, el derecho a la disidencia y a la crítica social, valida (de forma incómoda) las constelaciones políticas que garantizan estos derechos (lo que Marcuse llamó “tolerancia represiva”). Mientras que por un lado el gobierno apoya el desarrollo cultural y los artistas tienen “libertad de expresión”, valida, por otro lado, su propio derecho al poder (recordemos la parte fraudulenta de la subida de Felipe Calderón y Peña Nieto al poder), a la economía de libre mercado y a la política de seguridad militarizada. Evidentemente, los que tienen libertad de expresión son los que no amenazan el status quo, ya que la verdadera disidencia es marginalizada por medio de los controles sociales pre-establecidos.
Hoy en día, la Ciudad de México es una de las mayores concentraciones de instituciones de arte en el mundo. El arte contemporáneo comenzó a ser apoyado en México a finales de los años noventa, cuando surgió La Colección Jumex. Aunado a la apertura de un espacio para exponer su colección en 2001, la Jumex empezó a apoyar a jóvenes artistas junto con proyectos, otros espacios y curadores. A la vez que la iniciativa privada, el gobierno de Vicente Fox incentivó la difusión y producción de arte y de cultura más que los sexenios Priístas que le precedieron. El modelo de administración de la cultura que comenzó a implementarse con el Foxismo, comprende a la cultura como una máquina de crear símbolos para elucidar las preguntas colectivamente, ¿qué pasa en nuestro entorno? ¿cuál es la interpretación de nuestro contexto?
Las políticas de gestión cultural se basan en prescripciones de la UNESCO, la cual dictamina que la cultura tiene un papel clave en el desarrollo económico y social de los países ya que genera empleos, atrae inversiones y genera ingresos con las industrias creativas y culturales. Bajo este modelo, la cultura es cuestión prioritaria por razones creativas, educativas, económicas y políticas e implica democratizar el acceso a los bienes culturales (reforzando los canales de difusión), fomentar la creación y capacitar profesionales en los campos de la cultura y de la comunicación.[1]
Más allá de la filantropía corporativa y del subsidio estatal para la aplicación del modelo globalizado de “gestión cultural”, con Felipe Calderón se consolidó un nuevo modelo que consiste en “dejar de pensar en términos de administración de la cultura y asumir una política pública, inscrita en el debate de la reforma de estado”.[2] La “política pública” de cultura de Calderón implica, según el especialista en economía cultural, Carlos Lara González, elaborar un nuevo “pacto sociocultural entre Estado, mercado y sociedad civil que garantice, no sólo la armonía entre la democracia y la diversidad cultural, sino un entendimiento pleno entre lo político, lo económico, lo jurídico y lo institucional”[3]. Para Lara González, el modelo de gestión cultural de Calderón busca recuperar el liderazgo que tuvo México en las políticas culturales antaño a nivel global. De igual manera, intenta insertar la “diversidad cultural” en la dinámica de los campos político, económico y social, planteando a la cultura como un elemento de unidad nacional. La relación entre cultura y política establecido por este modelo de gestión cultural comprende a la cultura como “derecho humano” para garantizar la armonía democrática por medio de la diversidad cultural. La “libertad de expresión cultural”, sirve además, para subrayar las libertades individuales en los regimenes de democracia participativa, que por principio, se oponen a los regimenes represivos (totalitarios y fascistas) del siglo XX. Al contrario que en los regimenes represivos, bajo las democracias, se tiene amplia “libertad cultural” para poder elegir una identidad propia y expresarse respetando a los demás para vivir una vida plena. Dentro de este esquema, el antagonismo y la protesta son evidencia de la libre expresión, lo que confirma que la libertad de expresión es respetada, y que se puede lograr consenso (unidad nacional) por medio del diálogo entre individuos y comunidades.
De esta manera, el arte contemporáneo juega un papel político en México sin tener injerencia ni roce con los procesos sociales reales, sin siquiera murmurar lo que está en juego en un momento tan complejo como el que vive México hoy. Hay que tomar en cuenta también que el incremento de los incentivos culturales ha ido de la mano con la crisis en la educación pública, ya que mientras más se ha invertido en cultura, el presupuesto para la educación ha sido reducido dramáticamente. Este desequilibrio constituye una rama más del aparato neoliberal de control y de exclusión, impartido por la cultura y propiciada por la falta de posibilidades de educación respectivamente. Desde este punto de vista, la afirmación de Medina de que el arte está “políticamente informado” y que por ello juega un papel político en la sociedad, equivale a la apología que hace Jorge G. Castañeda de la reciente emergencia en México de una sociedad mayoritariamente de clase media, fruto de una economía abierta y de la democracia representativa.[4]
En la misma entrevista para Art21Blog, Cuauhtémoc Medina descarta al Comité Invisible de Jaltenco por centrar su crítica al arte y a la cultura en la ideología neoliberal que les subyace. A riesgo de ensayar el mismo argumento una y otra vez, sigo la intuición de teóricos como Jonathan Nitzan y Bichler Shimson, Jodi Dean, Slavoj Zizek, Franco Berardi, para quienes efectivamente, el neoliberalismo es la ideología del libre mercado la cual afecta todos los aspectos de nuestras vidas, privadas y colectivas. Argumentamos que la supuesta relevancia política de la cultura en la sociedad defendida por Medina, no es más que el resultado de la política cultural del calderonato, la cual aplica el esquema neoliberal de cultura recomendado por la UNESCO, dentro del cual la cultura es un “derecho humano” inalienable sujeto a los intereses del libre mercado, sitio de antagonismo social y signo de una democracia saludable.
Discutiblemente, el neoliberalismo implica la muerte de los “intelectuales públicos”. Escritores, artistas, museos y curadores están hoy en día sujetos a intereses y demandas del Estado, del mercado y de los patronos. El mejor ejemplo de la colusión de estas tres entidades y su injerencia en la cultura es ejemplificada por la constitución de un patronato del MUAC. Sus miembros son miembros de la elite industrial y corporativa de México y su “invitada especial”, Lulú Creel, es la representante de la casa de subastas Sortherby’s en México. El papel del patronato es aportar recursos para suplementar al presupuesto de la Universidad para realizar exposiciones y adquisiciones. Ellos deciden en qué proyectos que les proponga el museo participar, aunque supuestamente, las exposiciones las decida un “comité académico”. De allí que otra de las afirmaciones de Medina en la entrevista, que los museos son el sitio propicio para crear un espacio de crítica del arte, es altamente sospechosa.

Miembros del Patronato del MUAC, septiembre 2012

Dentro de este panorama, la llamada “politización” del arte contemporáneo implica la libertad de expresión individual y la libertad del espectador de consumir información u opinión. Esta libertades son abstracciones vacuas si la gente no logra actuar, si no hay lucha colectiva, si la sociedad sigue siendo incapaz de cuestionarse a si misma, de liberarse de los estrechos valores del poder corporativo y del fundamentalismo de mercado. El resultado de la “gestión cultural” es que el  trabajo intelectual carece de claridad visionaria y de interés pedagógico. El lenguaje complejo y el pensamiento crítico están siendo asediados por las fuerzas democráticas. Los filisteos están en el poder y aunque subsidien la cultura (Carlos Slim es un un ejemplo de filántropo filisteo), el arte contemporáneo “politizado” es un sustituto del compromiso político de la sociedad: como esfera aparte, se ha convertido en una caricatura de crítica y de los procesos políticos reales.



[1] Alfons Martinell, “La gestión cultural en la universidad” en Práctica artística y políticas culturales: algunas propuestas desde la universidad,  coordinada por José A. Sánchez y José A. Gómez (Universidad de Murcia, 2003) disponible en red: http://www.um.es/campusdigital/Libros/textoCompleto/poliCultural/08Martinell.pdf

[2] Carlos Lara González, “Un año de gestión cultural y perspectivas para el desarrollo de la política cultural del sexenio” disponible en red: http://www.fundacionpreciado.org.mx/biencomun/bc153/c_lara.pdf

[3] Un año de gestión cultural y perspectivas para el desarrollo de la política cultural del sexenio” disponible en red: http://www.fundacionpreciado.org.mx/biencomun/bc153/c_lara.pdf

[4] Jorge G. Castañeda, Mañana o pasado: el misterio de los mexicanos (México: Aguilar, 2011)

Poster que uno encuentra el metro de Washington D.C. y Nueva York



sábado, 4 de agosto de 2012

Pablo Helguera: ‘post-post’-crítica institucional: la institución como medio y la ‘cultura’ como fin



"I recognize the power of at least culture and a few other things ... if you could learn anything from the economic history of the world it’s this: Culture makes all the difference."[1]
Mitt Romney, candidato republicano a la presidencia de Estados Unidos en julio de 2012 en el Hotel King David en Jerusalén.

Según George Yúdice, la cultura se ha expandido sin precedentes hacia lo político y lo económico y por eso las nociones convencionales de cultura han sido parcialmente vaciadas. Desde hace un par de décadas, la cultura se ha usado como recurso para la mejora sociopolítica y económica y para incrementar la participación de los ciudadanos en una era en la que el compromiso político se desvanece. La cultura se ha convertido también en una frontera más, franqueada para la extracción de plusvalía – lo que Jameson llama capitalismo cultural, que es lo mismo que Bifo llama “Semiocapitalismo”: la explotación de los procesos vitales y culturales por medio de su codificación para hacerlos consumibles. En otras palabras, la predominancia del intercambio de bienes simbólicos en esta etapa del capitalismo, le han dado a la esfera cultural un mayor protagonismo que en otros momentos de la modernidad. Yúdice traza los orígenes del uso de la cultura como recurso al uso de la cultura como medio de la esfera social al siglo XVIII, momento en el que comenzó a usarse políticamente para promover ideologías en particular, resolver problemas sociales o moldear a ciudadanos adecuados; por ejemplo, el apoyo clientelista del estado mexicano al muralismo en los 1920s y 1930s. El comentario decimonónicamente racista de Romney citado arriba, le atribuye a las ‘diferencias culturales’ el hecho de que la economía Palestina sea menos eficiente que la Israelí (no la ocupación ni las políticas restrictivas de movimiento de bienes y personas que Israel les ha impuesto a los palestinos). Este comentario denota la relevancia que ha adquirido la idea de cultura en la política económica al igual que lo vacío del uso del término hoy en día. Además, la instrumentalización de la ‘cultura’ para propiciar el desarrollo, la mejora y la pacificación social ha tenido consecuencias devastadoras en la producción estética, la cual se caracteriza además del exceso de producción, de ser blanda, ambigua, banal y formalmente de poca calidad.

La teoría y arte críticos han sufrido golpes severos en la última década. Especialmente bajo Calderón, la necesidad de afirmar al sistema y su complemento moral disfrazado de cultura se hizo más que evidente. Ha quedado muy poco espacio para la crítica, incluyendo universidades y museos. Tanto a nivel local como global, la cultura del pensamiento crítico se ha esfumado: artistas, curadores y demás funcionarios de la cultura dependen de apoyos corporativos o gubernamentales para operar y por ello reina la autocensura. ¿Qué nos queda? ¿Celebrar o desdeñar la belleza? ¿Transmitir afecto? ¿Esperar la ‘redistribución de lo sensible’? ¿Sentirse revindicados al facilitar ‘participación’ del espectador? ¿Absorber el mal de la violencia transmitido por el arte? ¿Identificarnos con las víctimas de crímenes de la violencia sistémica? ¿Informar y estar informados para transmitir indignación sobre las atrocidades del capitalismo?

De acuerdo con Hal Foster, estamos viviendo la condición post-crítica, que en apariencia, nos ha liberado de camisas de fuerza históricas, teóricas y políticas. Esta condición se basa en renunciar al derecho moral de hacer evaluaciones críticas, es decir, de emitir juicios para decir si una obra de arte es buena o mala. Este tipo de juicios fueron sustituidos por una evaluación para decidir si un objeto, gesto o intervención cumple con los requisitos para ser arte. La condición post-crítica se le debe también a la renuncia de intelectuales y artistas al privilegio político que tenían de hablar en nombre de otros. Esto ha imposibilitado que se pueda adoptar un punto de vista crítico fuera de los esquemas pre-establecidos de ‘arte politizado’, en un momento en que la situación se hace más y más urgente. Por un lado, la post-crítica ha creado arte vacío y relativo, ya que tiene que ver más con el posicionamiento del curador o del artista con respecto a modelos críticos predeterminados, por ejemplo: ‘subalterno’, ‘crítica institucional’, ‘participación’, ‘activismo’, ‘crítica del sujeto’. Por otro lado, si el arte crítico, según Hal Foster, se propone hacer conciencia de los mecanismos de dominación para transformar al espectador en agente consciente de la transformación del mundo, es una conciencia reducida. Reducida a revelar los signos del capital escondidos en objetos y hábitos (ver por ejemplo, la exposición “Fetiches Críticos”), considerando a un espectador pasivo e ignorante que necesita ser iluminado.

En los años 1970s, una de las estratégicas políticas del arte fue desmaterializarse para no ser co-optado por el mercado, es decir, la base de la representación trascendió la materia para convertirse en una lógica, y esta lógica se convirtió en la base de todas las variaciones posibles de expresiones estéticas abiertas a una sustancia física. Esta lógica trascendió la especificidad del medio (por ejemplo, el lienzo pictórico), el arte se convirtió en idea y el medio desapareció. Rosalind Krauss llamó a esta condición del arte ‘post-medio’, y la crítica-teórica propuso como parámetro para el juicio estético, la medida en la que el artista crea un medio para su propio trabajo por medio de agenciamientos o ensamblajes de elementos dispares.

Tomando en cuenta la condición post-medio del arte, vemos actualmente al arte contemporáneo dar por hecha su condición ‘post-medio’ (y dejar de innovar en ese sentido) y bifurcarse en dos tendencias. Por un lado, está el arte que se concretiza en un objeto o en la acción sobre un objeto, en una imagen fija o en movimiento (documentando acciones dentro o fuera del museo) y que son expuestos en el recinto museográfico. Por otro lado, está el arte que se lleva a cabo extramuros fusionado por completo con la realidad, el arte “socialmente comprometido”, cuyos materiales son la calle, las relaciones personales, la esfera pública, la participación, el “tejido social”. La Institución puede albergar o no vestigios documentales, mesas de trabajo, talleres o conferencias de el arte social. Hoy en día, las prácticas sociales pasan por arte crítico ya que liberan a la intervención estética de la efectividad social. Es decir, el arte activista está basado en autonomía estética y sin embargo, insiste en insertarse en la categoría del arte, aunque no tenga nada que ver con asuntos formales ya que está completamente desmaterializado y toma la forma de ‘eventos’, ‘redes’ o ‘relaciones humanas’. Además, esta forma de hacer se ha convertido en herramienta de la agenda neoliberal; como lo dijo Olivier Marchart, lo que el trabajo social artístico hace es sustituir al trabajo político. Es decir, en el arte social-intervencionista la política entra en escena como arte en nombre del ‘interés público’ en términos de una política de ingeniería para ‘administrar’ problemas sociales. De esta manera, el arte público se convierte en la versión privada del estado de bienestar. Tomando en cuenta la condición post-medio de la producción estética, se hace evidente que muy pocos artistas se comprometen a explorar cuestiones de medio y de tradición, ya que la gran mayoría recurre a esquemas pre-hechos, a conceptualismos manieristas que hace que sus gestos, instalaciones e intervenciones sean poco honestas.

Hay que tomar en cuenta también que la recepción de exposiciones y obras de arte no tiene lugar ni en reseñas ni en comentarios sino en una diseminación sin fin de comunicados de prensa, entrevistas con la artista o curador ya sea en videos en la red, revistas especializadas, panfletos de exposición, blogs, etc. En estos medios, la obra se explica, su génesis se mitifica, se cuentan anécdotas de la instalación y del artista. Dicha existencia de una exposición, crea un hueco de recepción crítica y hace aparente que la visibilidad de la obra predomina sobre el diálogo que ésta pudiera crear. El arte existe, se disemina, se discute dentro de la institución sin trascender más allá, ni siquiera en comentarios. Lo que tienen en común las ‘prácticas sociales’ y el arte ‘objetual’ es que ambos toman a la institución como el medio propio del arte cuyo fin se ha convertido la ‘cultura’ en sí.

Un ejemplo de artista que usa a la institución – considerada como un entramado de relaciones sociales, discursos, un espacio físico –  tanto como medio como tema en su trabajo, es Pablo Helguera. Su obra tiene un aspecto performático ya que el artista tiende a ejecutar varios roles: artista, comentarista, profesor, espectador, curador y en su trabajo el arte y el comentario sobre el arte, realidad y ficción se confunden. Está por ejemplo su blog The Estheticist (2010-11), en el que Helguera da consejos a artistas para que logren ser aceptados por la institución, les explica cuál es la vía para hacerse famosos, el cómo no perder su integridad artística ante las demandas del mercado, si es pertinente o no hacer un MFA, cómo lograr ser representado por una galería, cómo explotar la historia personal en su obra para ser exitosos, etc. Está también su Manual de estilo de arte contemporáneo (2007), en el que explica “el juego” del mundo del arte, quiénes son protagonistas, cuál la manera de socializar y navegar este mundo, la etiqueta para auto-promocionarse, lo que implica el éxito y fracaso en el arte y la ‘etiqueta de la controversia’. En su manual, Helguera reduce al arte crítico a la ‘controversia’, la cual define como un arma de doble filo que debe ser tratada con cuidado ya que tiene límites pre-establecidos por la institución. Además escribe: “El artista debe de tomar ciertas consideraciones si es que el gobierno dictatorial es patrocinador parcial o total de su obra”. En suma, con un tono pedagógico e irónico, The Estheticist y el Manual tratan de cómo navegar la institución a fin de ser canonizado como artista. Debatiblemente, el trabajo de Helguera, en lugar de expandir el medio de arte a la institución, queda atrapado dentro de sus confines. Es por eso que su obra bordea en lo kitsch y es mucho más sospechosa que la canonización post-revolucionaria de los muralistas en el Palacio de Bellas Artes – objeto de ‘crítica’ en su más reciente intervención, Quodlibet (2012).

Para su intervención en el Palacio de Bellas Artes, Helguera usó la estructura del Quodlibet o potpurrí, es decir, la combinación de varias canciones para ‘recuperar’ historias ausentes del Palacio de Bellas Artes. El resultado es la exhibición de un conjunto de objetos y documentos provenientes de los archivos y bodegas de utilería de Bellas Artes: un camello, una reproducción a escala del Ángel de la columna de la Independencia, un par de columnas salomónicas en papel maché, una máquina para hacer efectos especiales sonoros, programas de mano, vestidos, etc. Incluye también reproducciones serigrafiadas montadas a modo de cuadros del poema La suave patria de Ramón López Velarde (1921) y de la música de Sinfonía proletaria de Carlos Chávez (1934) ilustrada por Diego Rivera. Ambos textos fueron intervenidos por el artista al estilo de la literatura restringida de manera que aparecen uno fragmentado y el otro invertido. La exposición incluye también un críptico y espectacular video en el que vemos tomas del artista recitando su versión de La suave patria (Ave paria) en la sala de espectáculos del Palacio intercaladas con tomas de un funeral en el vestíbulo presidido por el camello y el Ángel. A través de esta combinación de elementos, Helguera buscaba recuperar episodios y anécdotas del recinto para reconstruir la ‘Historia oficial’ del Palacio ofreciéndole al espectador una historia ‘menor’ filtrada por su propia subjetividad. Yuxtaponiendo elementos dispares, el artista juega a dislocar el sentido impuesto por el paso de los años que se ha convertido en la historia oficial.

Al utilizar los archivos y las bodegas como material de base para su intervención, Helguera ejecuta la función del historiador-etnógrafo disfrazado de archivista en jefe que estuvo en boga en los años noventa. Según Hal Foster, esta figura de artista emergió para conferirle respetabilidad académica al artista – para lograr más legitimidad como historiador que los historiadores. Sobre estas líneas, en una entrevista reciente Helguera promociona al ‘giro etnográfico’, argumentando que las instituciones deberían considerar abrir sus archivos a los artistas ya que ellos pueden hacer grandes cosas con ellos. El campo de referencia del artista-historiador es la cultura, su ámbito es la contextualidad y para Quodlibet, Helguera utilizó un método análogo al que se convirtió en la marca de Fred Wilson a partir de su intervención en la Maryland Historical Society en Baltimore en 1992: Mining the Museum. En un acercamiento etnográfico, Wilson reinstaló objetos de la colección y bodegas de la Sociedad Histórica para recontextualizarlos, dislocando su sentido para ofrecer una nueva lectura enfocada a la experiencia afro-americana de Baltimore que evidentemente no era parte de la historia oficial. Como Quodlibet de Helguera, Mining the Museum es un proyecto InSitu para reinterpretar aspectos de la arquitectura, historia y colección del edificio para invitar al espectador a reconsiderar el espacio. La diferencia entre ambas intervenciones es que lo que está en juego en términos de política en Wilson, no es comparable con la ‘crítica’ solipsista de Helguera ni con el pacto faustiano que firma con el Palacio de Bellas Artes, como lo veremos más adelante. La intervención de Wilson es una variante de la crítica institucional que trascendió al museo para hacer proyectos bajo un modelo antropológicos basado en el trabajo de campo. Este modelo ha sido aplicado por un amplio número de artistas desde los años 1970. Por ejemplo, Hans Haacke cuestionó las autoridades sociales explorando los orígenes de los fondos de museos, o el destino de obras de arte maestras y sus lazos con el capitalismo corporativo, etc. Está también Lothar Baumgarten, quien se dio la tarea política de hacer visible las culturas indígenas excluidas de los museos de arte. En suma, el arte etnográfico (Andrea Fraser, Mark Lombardi, Fred Wilson, René Green, Mark Dion, etc.) tiene como objetivo poner en evidencia las historias menores reprimidas por la hegemonía. A casi 20 años de su institucionalización, uno de los problemas de este tipo de crítica es que tiende a sustituir un análisis real de la relación entre el recinto en cuestión con lo que ocurre fuera de él.

En los gestos constitutivos de Quodlibet se transparenta el imperativo liberal de ‘desideologizar’ al Palacio junto con los documentos que alberga, y un esfuerzo por ‘deconstruir’ la identidad nacional que supuestamente simboliza el Palacio. Como lo dijo Helguera, con Quodlibet “[persigue] una especie de humanismo social en la historia que ayudara a contrarrestar el oficialismo que se apropia de los edificios y de movimientos artísticos.” Esto implica que los espacios oficiales también son espacios humanos pero esta historia es invisible, y esta historia es la que le interesa visualizar. Para Helguera, el Palacio de Bellas Artes tiene un lugar simbólico en el imaginario nacional en cuanto a que es la sede nacional de las artes y de la cultura y simboliza la ‘revolución institucionalizada’ en cultura y en política, la ‘consagración canónica’ (de artistas e intelectuales), y es ‘símbolo popular’, al igual que escenario de construcción de la identidad nacional cultural. Sin embargo, este ‘imaginario nacional’ se reduce a unos cuantos miembros de la clase privilegiada del país, y la noción de ‘identidad nacional’ simbolizada por el Palacio no es orgánica sino hegemónica, impuesta desde arriba. Esto se hace evidente en una serie de entrevistas realizadas en 2004 lideradas por Néstor García Canclini sobre la recepción del Palacio de Bellas artes se concluyó:

[…] un buen número de entrevistas […] hablaron del carácter “intimidante” del Palacio, que aleja a muchos paseantes de la Alameda vecina o les hace sentir que un lugar tan imponente no es para ellos […] si bien  el palacio “atrapa visualmente”, la magnificencia del edificio, los guardias y los detectores de metales a la entrada son obstáculos para un ingreso más confiado. […] gran número de los que se acercan tienen pocos años de estudio y ven al Palacio como “elitista”. […] algunos visitantes al Palacio antes de conocerlo creían que era un edificio religioso, y “a la hora de entrar se persignan”.

La noción de identidad ya sea nacional o cultural que explora Helguera en Quodlibet, se basa en la premisa post-estructuralista de la construcción social de un sujeto. Influenciado por el post-estructuralismo, predominaron en las teorías del arte y estudios culturales de los ochenta y noventa discusiones sobre la construcción social de un sujeto. Esto se convirtió en el dogma identitario que postula que la subjetividad no es nata sino que se construye a partir de estereotipos culturales provenientes del campo visual, auditivo y textual. Dentro de este esquema, la emancipación implica reconstruir y socavar los estereotipos culturales. Así, la premisa de Quodlibet es una identidad cultural impuesta construida a partir de símbolos que datan del porfirismo, de una tradición modernista con la que ningún artista dialoga hoy en día (por ‘panfletaria’ – además la innovación en términos de lenguaje pictórico de Sequeiros y Orozco no ha sido igualada todavía en México desde entonces) y por lo tanto, con identidades con las que nadie se identifica. Lo que la exposición de Helguera hace evidente es una desconexión absoluta entre el ‘pueblo’ y el arte de hoy en día, ya que en el arte, no se renovó el compromiso que tuvieron los muralistas con el pueblo y por eso ‘el pueblo’ dejó de existir en el arte. El gesto de Helguera de mostrar una fotografía del trabajador más antiguo del Palacio de Bellas Artes retratado delante de El hombre en el cruce de caminos (1934) de Diego Rivera, es condescendiente y cursi. La anécdota es tan encantadora como políticamente correcta, afín a la sensibilidad neoliberal de nuestros tiempos:

El señor Rafael Galicia, último empleado en vida de la era en que se inauguró el palacio de bellas ates, tenía como responsabilidad trabajar como guardia en la sala donde Diego pintaba El hombre en el cruce de caminos. Al finalizar la jornada de trabajo, en la noche, Galicia apagaba las luces mientras que Diego y sus asistentes salían del recinto entonando La internacional.

Otra anécdota que cuenta Helguera es representativa de la restauración simbolizada por el Palacio en los 1930s: luego de la expropiación petrolera, miles de mexicanos acudieron al Palacio convocados por la primera dama, Amalia Solórzano (esposa de Lázaro Cárdenas) a donar bienes para contribuir a saldar la deuda externa. La narrativa hilada por las pequeñas historias contadas por Quodlibet, en lugar de poner bajo la luz las implicaciones políticas del pasado que pudieran actualizarse para darnos una mirada enriquecida o crítica del presente, fetichiza las anécdotas que cuenta. Debatiblemente, Helguera peca del mismo extranjerismo del porfiriato con discusiones además caducas sobre arte etnográfico o basado en archivos y de autosolipsismo autocomplaciente. La insistencia de Helguera en ‘la historia’ del Palacio de Bellas Artes, nos recuerda al positivismo decimonónico, no para crear, justificar o elucidar la identidad nacional sino para supuestamente deconstruirla (el resultado de esta ‘deconstrucción’ es bastante opaco).

Parte de la empresa ‘crítica’ de Quodlibet es supuestamente poner bajo sospecha el poder canonizador del Palacio de Bellas Artes, sobre todo, el hecho que entronizó al arte politizado durante el periodo post-revolucionario (y reaccionario) de los años 1930s. Esto nos lleva a la caricatura que pinta Quodlibet de los valores morales plasmados por los muralistas (con la fotografía de Dn. Rafael), Sinfonía proletaria y La suave patria, y al punto ciego de la exposición: el tema de las relaciones entre el poder y los intelectuales.
La posición de Helguera respecto a la cultura oficial del estado resulta extremadamente ambigua, sobre todo tomando en cuenta lo que  Helguera predica tanto en The Estheticist como en el Manual de estilo de arte contemporáneo, ya que Quodlibet falla en plantear la interrogación clave que le correspondería al proyecto de archivo que supuestamente abandera: ¿Cuáles son los mecanismos de poder que perpetúan y mantienen hermética la identidad cultural para validarse históricamente por medio de la producción cultural? Abordar de manera realmente crítica al tema de los intelectuales y artistas bajo la ‘dictadura perfecta’ y de la compra de conciencias del gobierno con probadas de poder y de dinero para validar moralmente al sistema político, excedería los límites de la tolerancia a la ‘controversia’ del mundo del arte, sobre todo en tan cargado recinto.

En México existe la tradición intelectual de respaldar al régimen por medio del silencio a-político o asumiendo directamente puestos gubernamentales o ‘independientes’. Una vez que los intelectuales se hacen los muertos, se garantizan la posibilidad de ser homenajeados con un funeral de estado en el Palacio de Bellas Artes. Esta costumbre nacional única en el mundo consiste en hacer funerales de intelectuales oficiales de cuerpo presente. A ellos sólo tienen acceso políticos, intelectuales y otros VIP. El féretro se coloca normalmente al centro del vestíbulo y se le cubre con la bandera nacional (en el funeral de Frida Kahlo hubo una controversia cuando Diego Rivera sustituyó la bandera nacional con la soviética). Durante estos rituales, los colegas del difunto leen discursos para enaltecerlo, y a veces se deja entrar a la gente común al recinto para  que reclamen a los intelectuales como del pueblo, después de hacer largas filas afuera del Palacio. De esta manera, el Palacio simboliza la ‘cultura oficial’ en tanto a que es un mausoleo hierático sin cultura viva, ya que lo que entra allí no va a morir para ser canonizado, sino que entra ya muerto. Como lo dijo el mismo Helguera: “[El Palacio es] lo más cercano que tenemos a la posteridad artística, este espacio que consagra y coloca al artista en el nicho más alto posible y que va más allá de lo terrenal.” Como ya vimos, el video de Quodlibet muestra tomas del artista recitando Ave paria (la versión alterada del poema La suave patria) en el escenario principal del Palacio intercaladas con tomas de un funeral presidido por el camello y el Ángel de la Independencia que Helguera sacó de las bodegas de danza del palacio. Debatiblemente, el video es la materialización de la fantasía de posteridad artística del artista, quien pone en escena su propio funeral. Como lo dijo: “Los artistas de hoy somos Salomé, queriendo besar esa eternidad aparentemente inalcanzable convirtiéndonos en Edipo para ser tocados por Midas.” Sin embargo, matar al padre para auto-canonizarse dentro de los límites de la controversia no es matar al padre, sino darle cuchilladitas con mala puntería y firmar un pacto faustiano para que lo sigan invitando a hacer exposiciones, dar conferencias, hacer catálogos...

Fuentes

  • Aurelio Asiain, “Quodlibet: Toda frase es ya otra” Guía de Quodlibet (Palacio de Bellas Artes, 2012)

  • Yves-Alain Bois, et. al. Art Since 1900 (Cambridge, Mass.: The MIT Press, 2005)

  • Hal Foster, “The Artist as Ethnographer” The Return of the Real (Canbridge, Mass.: The MIT Press, 1996)

  • Hal Foster, “Post-Critical” October 139 (Winter 2012)

  • Néstor García Canclini, “Modos de mirar los murales”, Quimera de los murales del Palacio de Bellas Artes (Concaulta-INBA, México 2004)


  • Pablo Helguera, Manual de estilo de arte contemporáneo (Nueva York: Jorge Pinto Books, 2007)

  • Rosalind Krauss, Under Blue Cup (Cambridge, Mass.: The MIT Press, 2012)

  • Olivier Marchart, “Art, Space and the Public Sphere(s)” disponible en red: http://eipcp.net/transversal/0102/marchart/en/

  • Carlos Monsiváis, Los rituales del caos (México DF: Era, 1995)

  • Quodlibet Guía infantil (Palacio de Bellas Artes, 2012)

  • Paula Santoscoy, “Pablo Helguera: Arte como acontecimiento” Guía de Quodlibet (Palacio de Bellas Artes, 2012)


  • George Yúdice, The Expediency of Culture (Durham: Duke University Press, 2003)


[1] “Reconozco el poder por lo menos de la cultura y de otras cosas… si pudiéramos aprender algo de la historia de la economía del mundo sería lo siguiente: la cultura hace toda la diferencia”.

sábado, 7 de julio de 2012

Manifestaciones y Organizaciones de la Sociedad Civil: ¿De las redes a la calle?


En los últimos meses, mientras más se acercaron las elecciones, más proliferaron manifestaciones organizadas de la Sociedad Civil abogando por temas como: elecciones limpias, una nueva ética civil, voto “útil”, derechos humanos, transparencia en los medios de comunicación, etc. Todas tienen en común demandar una “democracia verdadera”, y que su medio principal son las tecnologías de la información y comunicación, las cuales instrumentalizan buscando retar las actuales configuraciones de poder para crear alternativas por medio de la interlocución con los poderes.[1] La Sociedad Civil es una parte de la sociedad que no se encuentra activa en el ámbito de la política formal, y las Organizaciones de la Sociedad Civil son redes de ciudadanos trabajando en temas específicos desde los campos social y civil. Estas organizaciones tienen el propósito de crear espacios de diálogo entre los ciudadanos y el gobierno, buscando fortalecer la “democracia participativa.” A manera distinta de las ONGs que dan servicios específicos a grupos populares, las Organizaciones de la Sociedad Civil son parte del espacio público y se manifiestan a partir de temas específicos proponiendo políticas para buscar el bien común. Las Organizaciones de la Sociedad Civil implican una nueva forma de gobernanza que trasciende la política partidista. La proliferación de este tipo de organizaciones agrupadas alrededor de “temas” o agendas específicos por los que abogan en el erosionado y putrefacto campo político e institucional, hace evidente la brecha que existe entre la (obsoleta) ideología que supuestamente representa cada partido y los temas por los que abogan  estas entidades – que reflejan el actual estado de las cosas –, reemplazando la representatividad y la legitimidad partidista con nuevos valores. La proliferación de manifestaciones organizadas de la Sociedad Civil en México – que no son necesariamente Organizaciones formales todavía –, se convirtió en los últimos meses en un suplemento del campo del espectáculo electoral: por un lado, la Sociedad Civil se hizo visible a sí misma con marchas, desplegados, portavoces, blogs, comentarios, páginas web, manifiestos, grupos en las redes sociales, firmantes intercambio de opiniones, noticias, videos, artículos, información, etc. En otras palabras, la “democracia de las redes” trasciende la esclerosada política partidista. Y sin embargo, ¿cuáles son las implicaciones hacer política en red? 

Un antecedente a estas Organizaciones o manifestaciones de la Sociedad Civil es el elitista Grupo de San Ángel surgido el 9 de junio de 1994 por iniciativa de Demetrio Sodi de la Tijera, Carlos Fuentes, Enrique González Pedrero y Jorge G. Castañeda. Estos personajes invitaron a 66 personas dedicadas a la política y a la cultura y academia para firmar el texto titulado "La hora de la democracia", en el cual abogaron por la garantía de la legalidad y transparencia de las elecciones de ese año y por una agenda de "modernización democrática", acceso libre a los medios de comunicación y "transmisión de programas de análisis político en horario triple A. Entre los miembros estaban: Teodoro Césarman, Alfredo del Mazo, Amaila García, Gabino Fraga, Federico Reyes Heroles, Adolfo Aguilar Zinser, Javier Livas, Manuel Camacho, Lorenzo meyer, Ricardo García Sainz, Joel Ortega, Tatiana Clouthier, Vicente Fox y Elba Esther Gordillo.

Ejemplos de manifestaciones u organizaciones de la Sociedad Civil que han surgido últimamente son: los “Intelectuales por Julian Assange”, firmado, entre otros, por: Gabriel Orozco, Lorenzo Meyer, Elena Poniatowska, Vicente Rojo, Hugo Gutiérrez. Hay otro grupo que el 27 de Marzo de 2012 publicó un desplegado titulado: “Preguntas cuyas respuestas podrían transformar a México” firmado por intelectuales como Héctor Aguilar Camín y Jorge Castañeda, exministros como Pedro Aspe, Guillermo Ortiz y Fernando Gómez Mont, académicos como Rolando Cordera, Ana Laura Magaloni y Juan Pardinas, artistas como Gael García Bernal y Rafael Cauduro; empresarios como Manuel Arango, Alejandro Ramírez, etc. Está también “El Grupo de los Cien”, una plataforma fundanda en 1985 por Homero Aridjis conformada por cien personalidades nacionales, la cual esta vez, apoyada por el escritor francés y premio Nobel Jean-Marie G. Le Clézio abogó en un desplegado a finales de juno de 2012 por “elecciones inmaculadas.”

Dos de los movimientos que abordan la cuestión de la violencia en México (que ya están institucionalizados y operan Organizaciones de la Sociedad Civil) son: “Nuestra aparente rendición” y “Movimiento por la paz”. En el campo discursivo mediático en México, “la violencia” es un significante que engloba situaciones heterogéneas: desde la militarización del país, la corrupción extra-gubernamental, los femicidios, la violación de los derechos humanos hasta secuestros, extorsiones, crimen organizado, desapariciones, etc. Todas las instancias de “violencia” son fruto de la erosión del imperio de la ley y la violación sistematica de los derechos humanos en el contexto del conflicto armado que fue creado por la guerra contra el narcotráfico. Bajo el gobierno de Felipe Calderón, el modelo de guerra contra las drogas fue institucionalizado bajo pretexto de seguridad nacional. La violencia que ésta guerra causó ha llevado a las instituciones nacionales a plantear un falso dilema que le sirve de base a su estrategia de contención de la crisis social que actualmente se vive en el país: ¿Proteger los derechos humanos o garantizar la seguridad de los ciudadanos? En otras palabras, la estrategia de Calderón implica atacar la inseguridad con medidas represivas que precisamente violan los derechos humanos, reaccionando a los síntomas en vez de dirigirse a las causas, en un momento en el que el verdadero problema es la pérdida de soberanía del Estado en ciertas áreas del país. Discutiblemente uno de los problemas de las Organizaciones de la Sociedad Civil centradas en la violencia es que plantean una subjetividad de ciudadanos-víctimas reclamando sus derechos y restitución. El primer grupo, “Nuestra aparente rendición”, es una iniciativa de escritores, periodistas y productores culturales que se reunieron para crear un foro de discusión, que es también una plataforma de publicación, discusión y denuncia de la violencia en México. El “Movimiento por la paz con Justicia y Dignidad”, liderado por el poeta Javier Sicilia tiene un aspecto más activo y militante, habiendo organizado varias marchas para pedirle justicia al Estado y “jalarle las orejas” a los gobernantes. Trascendiendo la lógica de la venganza, la noción de justicia que plantean implica lograrla sin violencia, despersonalizando a los responsables y transfiriendole el saldo al Estado. Sin embargo, es evidente que el crimen organizado no es algo distinto a las instituciones nacionales sino algo inherente a ellas. Uno de los “logros” del “Movimiento por la paz”  fue constitucionalizar el estatus del ciudadano-víctima a través de la paliativa “Ley general de víctimas”. Promulgada por Calderón en abril de 2012, tiene el objetivo de darle justicia y atención a quienes hayan sufrido la violación de sus derechos. La ley ordena la reparación integral del daño y que el Estado responda por ello por medio del “Sistema Nacional de Atención a Víctimas” y tiene el propósito de “rescatar la memoria, identidad y dignidad de las víctimas y familiares; investigar quienes son los responsables y ver que se les detenga, juzque y sancione, combatir la impunidad.” Para redimir un poco a las víctimas del Holocausto de Calderón, se creó además un registro nacional de víctimas y se estableció el derecho de los afectados de conocer la verdad de lo que les sucedió.[2]

“Arte por la izquierda” es un comunicado firmado por el gremio de trabajadores de la industria de la cultura. Convocados por su tlatoani más colosal, respondieron al llamado para firmar una declaración “a favor de la izquierda” y promover el “voto útil.” Según su manifiesto, la plataforma de izquierda representa al gremio de la cultura porque implica “el avance de derechos civiles, reproductivos y sociales.” La demanda considera, además, que los temas de la política cultural son secundarios ante la actual situación de urgencia. Sin embargo, esta convocatoria se traduce a una izquierda dudosa y travestida olvidadiza de la política económica que ha venido a devastar al país desde los 1990s. Y no nos sorprende, ya que este gremio lleva dos sexenios gozando de los beneficios de la neoliberalización (mercantilización) de la cultura. Auto-censurándose, artistas, curadores, funcionarios de museos, productores culturales, arquitectos, diseñadores, críticos de arte, han sido recipientes de cantidades de fondos sin precedentes de manos de la iniciativa privada y gubernamental para hacer proyectos, simposios, estudios en el extranjero, festivales, catálogos, exposiciones, etc. convirtiéndose en los portavoces de la élite corporativa que conforma la oligarquía en el poder. Esta “izquierda” no es más dudosa que la izquierda estratégicamente moderada de López Obrador: populista, nacionalista y conservadora moralmente, demarcada de la izquierda progresista del resto de América Latina, cuya política económica disfrazada con la ambigüedad de su eslogan: “No habrá ni monopolios ni privatizaciones”. Al contrario de lo que defiende el grupo “Arte por la izquierda” y distinto a la izquierda complaciente de AMLO, la izquierda no implica únicamente la defensa de derechos civiles, reproductivos y sociales, sino luchar por el bien común, una mejor redistribución de la riqueza, el bienestar para todos, solidaridad, cooperativismo, autonomía alimentaria bajo el régimen del “comunismo”. Es luchar por la organización igualitaria de la sociedad. Hay que tomar en cuenta que hoy en día, la izquierda representa un mito político, el de la idea consensual que el éxito de la izquierda en las elecciones creará para la acción política circunstancias más favorables que el poder tradicional de derecha. Si bien los gobernadores de izquierda que ha tenido el DF han tenido resultados espectaculares, la izquierda no solo nacional sino global, encara la necesidad de inventar una política emancipatoria capaz de hacerle frente al mundo en su situación actual.

Está también el manifiesto “(r)Evolución sin violencia: una nueva ética civil” a la cual se suscribieron productores culturales como Juan Villoro, Arnoldo Kraus, Leonardo Da Jandra, Yoshua Okón y Daniel Giménez Cacho. Este manifiesto promulga una nueva “ética civil” con el propósito de dar directrices “para restaurar el pacto civil e ideas para restaurar la buena convivencia,” poniendo en marcha “acciones civiles afectivas transinstitucionales” buscando una nueva moralidad como ciudadanos. Ideológicamente correcto, busca trascender las instituciones, argumentando que el bien común se opone al mercado, propone plantear a la especulación financiera como problema público, y apunta a una lucha más allá del voto y limitar y regular las grandes riquezas. El manifiesto da muestras de un tipo de rebelión pasiva contra el régimen: denunciar, boicotear a los monopolios y a tiendas que sean dañinos para la economía nacional y el medioambiente. Dibuja una moderada rebelión ciudadana que incluye boicotear al gobierno, ocupar calles, casetas, dependencias, comprometerse a ejecutar actos de patriotismo anti-corporativo. Esperamos que se materialice y se intensifique este llamado rebelde lo antes posible en las calles.

El movimiento de estudiantes “YoSoy#132” reclamó desde su inicio la transparencia de la información y denunció la colusión del poder mediático con el político y su injerencia en las elecciones de 2012 (colusión emblematizada por la unión entre Peña Nieto y la actriz de telenovelas Angélica Rivera). El movimiento demandó además, que la gente tuviera acceso a una elección informada y organizó marchas, mítines, asambleas para imaginar el México del mañana y redactar un pliego de demandas. Los jóvenes exigieron que el segundo debate de los candiatos se transmitiera en cadena nacional y organizó un tercer debate alternativo transmitido en Internet en el que se hicieron las preguntas que enviaron participantes del movimiento en la red. Fue sintomático que Peña Nieto no se hubiera presentado al debate organizado por “YoSoy#132”, y que el resultado de las elecciones hubiera sido previsto por varios comentaristas como Jorge G. Castañeda, Jesús Silva-Herzog Márquez, Isabel Turrent, quienes en un artículo de opinión tras otro, aconsejaron a los jóvenes aceptar resignadamente el inevitable resultado de las elecciones. Que hubiera ganado Peña Nieto las elecciones con un fraude masivo comprando votos implica el amargo fracaso y tal vez la iniciación de los jóvenes en los procesos políticos, su reality check. El haber enfocado su lucha al campo de la comunicación fue acertado y apunta a la importancia de los medios de comunicación en la política – Emilio Azcárraga (el Tigre) desde hace décadas se proclamó “soldado del PRI”. Su movimiento, sin embargo, ha tenido grandes huecos: el problema principal fue que decidieron tenerle fe a las instituciones del país y al exigirles meramente que operaran “como se debe”, han sido incapaces de envisionar su quebrantamiento o de proponer acciones mediáticas alternativas. Hay una gran tradición de tactical media desde los 1960s influenciada por los Situacionistas. Los tactical media privilegian intervenciones en la esfera mediática para crear outlets alternativos ya sea permanentes o efímeros para criticar el orden político y económico por medio de la apropiación y transformación crítica. Por ejemplo, los experimentos con la contra-información bajo la Italia de Berlusconi, en la que 90% de los medios eran manejados por el gobierno. En este sentido, a los miembros de “YoSoy#132” definitivamente les faltó tiempo y creatividad. Otro de sus problemas fue que no buscaron defender la libertad de expresión y la información con un modelo de la base hacia arriba (grass roots) – lo cual implicaría trabajar de manera horizontal, más que enfocar las demandas hacia arriba –  sino exigiendo directamente transparencia al poder, sin ver que ésta exigencia por su propia naturaleza cae en un abismo sordo. Dos de las muchas preguntas que les quedan por explorar para difundir sus respuestas pedagógicamente son: ¿Cómo moldea el imaginario social la televisión? ¿Cómo abrir espacios cerrados? La información y la tecnología de la información son factores importantes en el proceso de subjetivación, resonando con la memoria y la inteligencia social, con nuestras sensibilidades y afectos.  ¿Cómo contrarrestar los efectos de la mentalidad televisa que prevalece en las clases bajas el país, y la mentalidad SONY, FOX, AXE, Universal, HBO, etc. que prevalece en las clases media y alta? Assange, por ejemplo, no cree en la utopía de la pseudo-radicalidad de la apertura de los medios ni en su transparencia, sino en violar las reglas para revelar secretos, ya que según él, “por el momento tenemos una carencia severa de información proveniente de organizaciones que guardan secretos y que tienen un papel clave para moldear cómo evoluciona la civilización y la manera en la que todos nosotros vivimos.” El desafío actual del movimiento “YoSoy#132” es retar los resultados de las elecciones de formas más creativas que las marchas pacíficas (boicots, huelgas, ocupaciones reales y no simbólicas, etc.) y crear vías alternativas de comunicación y difusión de la información, para trascender al duopolio nacional de los medios.

Excepto por unas pocas que logran trascender la red, institucionalizarse y materializarse en la calle, las manifestaciones de la Sociedad Civil representan la proliferación de opiniones y de tomas de posición sin acción. La ola de movilizaciones, demostraciones y acciones mediáticas que implican, raramente trascienden las declaraciones éticas para convertirse en procesos de autonomía social. Hay que tomar en cuenta que la forma de operar en la red de las manifestaciones de la Sociedad Civil se basa en la presuposición del ideal habermasiano de la comunicación: que es un sitio incluyente, de diálogo recíproco y de libertad de expresión. Hoy en día, la lógica de la red se ha convertido en el modo normativo de organización de las relaciones socio-políticas, ya que los principios centrales de la democracia representativa: ciudadanía, participación, igualdad, transparencia, libertad de expresión etc. son fácilmente transplantables al dominio de las redes. Parte de ello se deba tal vez a que el actual régimen se basa más en la proliferación de parloteo, la irrelevancia de la opinión y el discurso que en la represión, desacuerdo o en forzar el silencio. Aunque siguen habiendo instancias de censura y de represión directa al pensamiento crítico, éstas son instancias marginales si las comparamos con la sobrecarga informacional y el secuestro de atención de la política en red. Otro de los problemas de las Organizaciones de la Sociedad Civil es que tienden a reducir la política a la democracia, restringiendo la política a estar informado, a comunicarse y a enviar mensajes.
 Tel Aviv, junio de 2012

Uno de los posibles logros de las manifestaciones u Organizaciones de la Sociedad Civil es hacer visible en el campo mediático temas de urgencia que le son extrínsecos o hasta antagónicos a las política parlamentarista. Sin embargo, las Organizaciones de la Sociedad Civil no tienen la capacidad de alcanzar los centros de poder reales ni de ganar poder político. Habría que plantear la utilización de las redes sociales como instrumento de organización política como un problema general la organización política, ya que las redes sociales lo hacen demasiado fácil. Es por eso que la mayoría de manifestaciones de la Sociedad Civil no trascienden, sino que cumplan la función de hacer que sus participantes tengan la satisfación de estar “comprometidos políticamente”. Además del problema obvio de exclusión de aquellos quienes no tienen acceso a las redes, y que los temas por los que abogan los movimientos de la sociedad civil están enraizados en cuestiones de clase y por lo tanto reflejan el interés por defender un estilo de vida determinado. Por ejemplo: la clase media y alta demandan un estilo de vida “seguro” vestidos de blanco.

Volante encontrado en la ciudad de Oaxaca, junio de 2012

Finalmente, con las manifestaciones de la Sociedad Civil prevalece el acto de comunicación sobre un entendimiento de la política como una “lucha” en la calle. Hay que tomar en cuenta también que la forma actual de Capitalismo está sumergido en las redes de comunicación. Actualmente, la fuente principal de plusvalía son actividades que generan flujos semióticos, por medio de la difusión semiótica de mercancías y bienes. Es decir, el conocimiento, las habilidades cognitivas son la fuente principal de riqueza. La red es por lo tanto, un sitio democrático y al tiempo, la base del capitalismo. Sin irnos muy lejos, toda la información intercambiada por las manifestaciones de la Sociedad Civil en red, pasa por las redes del magnate Carlos Slim, dueño del monopolio de la informa-comunicación en contra de los intereses democráticos y  de bienestar del país.

Los miembros de las manifestaciones y Organizaciones de la Sociedad Civil, al contrario que las muchedumbres partícipes en otras manifestaciones recientes – llámeseles: “explosiones espontáneas de violencia” en las banlieues francesas y londinenses, en Egipto, Siria, Libia, Palestina: tienen todo que perder ya que vienen de clases privilegiadas. Es por esta razón, por ejemplo, que la lucha inicial del movimimento “YoSoy#132” se basó en impugnar la forma de operación de las instituciones pero dejándolas intactas, y que iniciaban cada mítin entonando el himno nacional. Al impugnar el actual resultado de las elecciones, ¿Se podría dar el lujo de llevar al país al caos que reinó en el México de las primeras décadas del Siglo XX? ¿Iniciarán los estudiantes de clase media una tercera revolución? Es necesario considerar que las subjetividades creadas por las Organizaciones de la Sociedad Civil que mencionamos arriba no son ni las de “activistas” ni de “militantes” sino las de “víctimas”, “estudiantes de clase media-alta por la transparencia de los medios y por elecciones justas”, “artistas conscientes”, “escritores y periodistas comprometidos”, etc. y que contrastan con las subjetividades de los que no tienen nada que perder, quienes son sujetos de la represión (Tepito, julio 2012, Atenco, 2006, etc.) y los que vendieron su voto al PRI por una despensa. ¿Qué significante podría trascender y unir a todos los movimientos, y a partir de qué subjetividad? ¿A partir de qué bases se podrían crear nuevas formas de ciudadanía radical?

Protestantes de palestinos en Bil'in fotografiados por un Baded Olilty para The Guardian, junio 2012 

El fraudulento triunfo del PRI demostró el fracaso de las organizaciones que redujeron lo político a votar estratégicamente – ya vimos que votar por uno o por otro da lo mismo. Votar es lo único que nos pide el Estado y al hacerlo, participamos en la ceremonia de validación de las podridas instituciones del país. Si algún movimiento en cambio, hubiera luchado por controlar la organización de las elecciones, por hacerlas parte misma del movimiento, las cosas hubieran sido muy diferentes. De acuerdo con Alain Badiou, los miembros de un movimiento político real no tienen más que tres relaciones posibles con las elecciones: impedir que tengan lugar, si es el viejo poder que las organiza; cancelarlas en cuanto sea posible, si es el viejo poder el que las organiza; organizarlas, si el viejo poder está por fin fuera del estado y sin posibilidades de hacerlas.

Finalmente, tomando en cuenta la actual dominación de la comunicación en la política, se hace evidente que la política no se basa ni en la representación ni en distritos electorales sino en la presentación y mediatización de las ideas. La consecuencia es que que la política de hoy en día se ha transformado en cuestión de epistemología y de formas de expresión como técnicas para hacer inteligible un “tema” determinado. Los temas adquieren relevancia y resonancia de acuerdo con su capacidad de hacerse visibles en el campo socio-político y mediático y con su poder de afectar emocionalmente a los receptores, por ejemplo con miedo, inseguridad, indignación, enojo. Reflejando la actual ideología neoliberal e intereses de clase, las agendas temáticas se han reducido a temas como: reconocimiento, derechos culturales, restitución, tolerancia, respeto, seguridad, medio ambiente, justicia ante la violencia, transparencia mediática y electoral, etc. Más paliativos que pro-activos, y mientras más se enfocan al campo de la emoción, están más desconectados de los conflictos sociales, alejándose de los procesos reales. Así se hace más fácil darle la espalda a la calle y contemplar los acontecimientos desde lejos, mientras que proliferan los espectadores-visitantes y las encuestas de opinión-comentarios. Lo que necesitamos son lugares y sitios discursivos para construir formas radicales de ciudadanía que abarquen a todos, que provoquen el deseo de actuar, de solidarizarse y de buscar el bien común. Y empezar a boicotear, ocupar, deslegitimizar, desnormalizar, formulando demandas en sintonía con la crisis económica global y política, lo que implica que las instituciones dejaron de funcionar hace mucho. Para ser eficientes, se necesitará adoptar técnicas eficientes para rearticular un espacio público antagónico, desde un lugar de oposición y desafío, trascendiendo el espacio público antagónico articulado por la democracia liberal. Luchando por imaginar un mundo opuesto al mundo en el que vivimos ahora, emaciado y empobrecido por el asalto corporativo a la comunidad y a la imaginación, considerando que nosotros no somos los que tenemos el poder de coerción, sino sólo el de persuasión.

FUENTES

  • Julian Assange, debate con Slavoj Zizek y Amy Goodman el 5 de julio de 2011 en Londres. Disponible en red:  http://www.democracynow.org/blog/2011/7/5/watch_full_video_of_wikileaks_julian_assange_philosopher_slavoj_iek_with_amy_goodman.
  • Alain Badiou, Sarkozy pire que prévu: les autres prévoire le pire (Paris: Nouvelles Éditions Lignes, 2012).
  • Franco Berardi (Bifo), After the Future (Oakland and Ediborough: AK Press, 2011).
  • Laura Carlsen, “Human Rights or Security? Mexico’s False Dilemma” Counterpunch (Abril 20-22, 2012) Disponible en red: http://www.counterpunch.org/2012/04/20/mexicos-false-dilemma/
  • Jodi Dean, Jon W. Anderson and Geert Lovink, “Introduction: The Postdemocratic Governmentality of Networked Societies” Reformatting Politics: Information Technology and Global Civil Society (London: Routledge, 2006).
  • Sergio González Rodríguez, The Femicide Machine (New York: Semiotext(e), 2012).
  • Paul Virilio, The Administration of Fear (New York: Semiotext(e), 2011).

[1] Las Organizaciones de la Sociedad Civil (OSC) aparecieron en México en los 1980s y pertenecen a los ámbitos de derechos humanos, desarrollo social, democracia, género y ecología. Tienen elementos en común con las Organizaciones No Gubernamentales. Un ejemplo de OSC en México activa desde hace más de 20 años es LaNeta S.C. Creada en 1991, es una organización civil que provee servicios de comunicación electrónica para organismos no gubernamentales, organizaciones sin fines de lucro. Uno de sus propósitos es servir de enlace entre ONGs nacionales con las de la comunidad global para compartir información de las experiencias de las ONGs. Comunicación electrónica como herramienta para fortalecer los vínculos y el trabajo de las organizaciones e individuos que “están dando pasos para cambiar al mundo”.
[2] En julio de 2012 Calderón propuso modificar la Ley General de Víctimas para clarificar la cuestión de la subsidiariedad, para asegurarse de que el primer responsable de la reparación del daño a las víctimas será el delincuente. Sólo cuando el delincuente no pueda reparar el daño, se encargará el Estado de hacerlo, para cobrárselo al delincuente. Fuente: http://www.jornada.unam.mx/2012/07/05/politica/016n1pol.